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Libros comentados

La identificación de recien nacidos en la Casa Real Española (1700-2000) 

A. Garrido-Lestache y A.M. Moral Roncal

Edita A.G. Luis Pérez. Madrid, 2001

Comentarios de J. F. Forniers Casals, Universidad de Alcalá de Henares

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El presente libro es un estudio sobre la identificación de niños en la Casa Real Española, especialmente durante el periodo de la dinastía de los Borbones y una reivindicación sobre el derecho a la identificación de los recién nacidos en nuestra sociedad actual, deseo y anhelo de muchos médicos pediatras y juristas. Ciencia e Historia se mezclan en el presente estudio. Ante los problemas de identificación de recién nacidos en los hospitales, la confusión creada por intercambio de identidades por negligencia sanitaria, han sido numerosos los estudiuos e informes de médicos y pediatras a favor de un documento de identidad infantil en el siglo XX.

Tras un capítulo inicial, donde se encuadra a nivel mundial y nacional el problema del reconocimiento (médico, social y jurídico) de los niños, se nos muestran los orígenes de los problemas de identificación de los herederos de los matrimonios reales en Castilla y Aragón, durante la Edad Media. Con el objeto de evitar la deslegitimación de los Trastamara, esta dinastía se procuró un aparato ceremonial destinado a la identificación visual, con testigos, de los partos de las personas reales. Esta Atradición@ llegaría a estar vigente hasta los tiempos de Isabel la Católica, variándose con la llegada al trono de los Habsburgo, que se inclinaron por aumentar los espacios íntimos de los partos y presentaciones públicas de sus vástagos, con claras excepciones.  En el siglo XVI comenzaron a aparecer los médicos junto a las parteras, primero en la corte y, por imitación social, en el resto de la sociedad española.

La llegada al trono de los Borbones facilitó el trasvase de la etiqueta y costumbres palatinas de la corte de Versalles a la de Madrid, por lo que, nuevamente, se procuró rodear de una mayor importancia la presentación y llegada la mundo de los príncipes e infantes, acorde con la necesidad de legitimación de las nueva dinastía. La presentación del pequeño vástago regio ejerció una eficacia simbólica completamente real en tanto que transformaba verídicamente a la persona reconocida: el primer lugar, porque alteraba la imagen que de ella tenían los demás agentes sociales y, sobre todo, los comportamientos que adoptaban con respecto a ella. En segundo lugar, porque modificaba al mismo tiempo la imagen que la persona investida tenía de sí misma y los comportamientos que se creía obligada a adoptar para justificarse a ese imagen, la de un miembro reconocido de la sociedad y, al mismo tiempo, integrante de la familia real. Instituir, dar una definición social, una identidad, implicaba también poner límites, por lo que los organizadores y protagonistas de estas ceremonias esperaban también que el bebé, en el futuro, se comportara como una personal real. Así, un heredero que se preciara debía portarse como tal y sería heredado por la herencia, es decir, investido por las cosas, apropiado por las cosas que él se había apropiado. A no ser que ocurriera un accidente, claro, como en el caso de un heredero indigno o ilegítimo. De ahí -como se aprecia por la lectura del libro- los problemas en torno a la presentación del príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, o los preparativos que la corte y el gobierno liberal realizaron para la llegada al mundo del heredero póstumo de Alfonso XII.

Uno de los privilegios de la consagración regia y social -que permaneció en las costumbres cortesanas hasta el siglo XX- radicaba en el hecho de que, al otorgar a los consagrados o reconocidos una esencia indiscutible e indeleble, ésta permitía transgresiones que de otro modo hubieran estado prohibidas: aquel que estaba seguro de su identidad cultural podía jugar con la regla del juego cultural, con ciertos límites, por supuesto. El papel del médico no era menos importante que el de los testigos: autentificaba la identificación del infante pero no podía ser el único testigo.

Como demuestran los autores, el fundamento de las presentaciones regias se encontraba en la creencia de todo un grupo -presente físicamente en las diversas cámaras y antecámaras- en las disposiciones configuradas socialmente para conocer y reconocer las condiciones institucionales de un ritual válido. Ello implicaba que la eficacia simbólica de la presentación del bebé variaba -simultáneamente o sucesivamente- según el grado en que los destinatarios estaban más o menos preparados. De ahí que la familia real siempre invitara, como testigos del hecho, a quienes consideraba la élite política y social del reino, las fuerzas más importantes en el siglo de las Luces y, durante los siguientes, a las instituciones nacidas de la revolución liberal que configuraban la esencia del régimen político de la Monarquía constitucional. También, desde otro punto de vista, comprendemos que la familia real carlista -a la que se dedica un capítulo- deseara la presencia de notables figuras, ligadas a sus concepciones monárquicas, que otorgaran mayor legitimidad como personas reales a sus recién nacidos. Aunque tanto los liberales como los carlistas necesitaron al médico en los momentos críticos del nacimiento.

El carácter político y cortesano de la ceremonia no fue incompatible, como se demuestra en este ameno volumen, con la integración de las clases populares, al satisfacer su ansia de espectáculos esplendorosos, que era la contrapartida de la pasión por una jerarquía estricta. El pueblo esperaba con expectación la llegada al mundo de un infante o príncipe, se escuchaban los cañonazos que dirimían la duda sobre el sexo, rompían en gritos y celebraciones cuando el hecho suponía una mayor esperanza para el reino y acudían a observar la devoción de los monarcas, los cuales acudían a la basílica de Atocha para dar las gracias, siguiendo la tradición.

La caída de la monarquía en 1931 supuso el comienzo de una serie de cambios en la llegada al mundo de los vástagos regios que tanto el exilio como la evolución de las costumbres políticas transformaron hasta la restauración de 1975. No por ello, la llegada al mundo de los príncipes Juan Carlos y Felipe de Borbón dejaría de tener una importancia fundamental en la Alarga marcha hacia la monarquía@, en frase de López-Rodó. Más adelante, la dignificación de la jefatura del Estado en una España democrática no exigió ya una aparatosa solemnidad suntuaria y ritual, marcada por un protocolo caracterizado por la primacía de la jerarquía: bastó con la respetabilidad moral, la discreta elegancia, la prudencia política y un mesurado patriotismo, que los responsables del protocolo regio han tratado de imponer en casi todas las ceremonias reales, como se ha demostrado incluso en la llegada al mundo de los nietos de los actuales monarcas, a las que también se hace alusión detallada.

Para finalizar, subrayar tan sólo que el libro reúne las virtudes de utilidad, amenidad, sencillez y accesibilidad, al tiempo que no descuida su calidad científica y universitaria, pues no en vano se cita abundante una abundante bibliografía y documentación de diversas secciones de los archivos del Palacio Real de Madrid, Ministerio de Justicia y Archivo Histórico Nacional.