El rincón de la Ciencia                       

nº 38,   noviembre de 2006

Ciencia y Literatura

 

El electrón criminal de J. Volpi

Selección de M.A. Gómez


Jorge Volpi, en su novela En busca de Klingsor, nos hace una semblanza del electrón, sus propiedades y las técnicas que se utilizan para estudiarlo. En ella nos lo pinta como un criminal, mientras que los físicos serían los criminólogos.

¿Qué es el electrón? Los físicos lo ven, antes que nada, como a un gran criminal. Un sujeto perverso y astuto que, tras haber cometido incontables y atroces delitos, se ha dado a la fuga. Sin duda es un tipo listo, y todos los esfuerzos por localizarlo se estrellan con sus tácticas de evasión: con la preparación de un trapecista, es capaz de saltar de un lado a otro sin que nos demos cuenta; dispara impunemente contra sus enemigos cuando tratan de cercarlo; siempre tiene coartadas que oponer a las investigaciones e incluso se ha llegado a sospechar que no opera sólo, sino en una enorme banda de asaltantes similares a él, o en el mejor de los casos, podría decirse que tiene un problema de personalidad múltiple. No se comporta como una sola persona, sino como una pluralidad de ellas, un enjambre de deseos y apetitos, una nube de emociones violentas que recorre todo el espacio que tiene a su merced, alrededor de su objetivo...

Hasta hace relativamente poco, los investigadores —los físicos— poseían un ordenado manual de tácticas para hallar delincuentes, escrito por un criminólogo del siglo XVIII de apellido Newton, el cual durante décadas había funcionado a la perfección para hallar y castigar a los transgresores. Por desgracia, el electrón es un criminal más astuto que sus predecesores y los métodos empleados con anterioridad no han servido de nada cuando se ha intentado capturarlo. Frente a él, los antiguos criminales eran bandidos menores; a diferencia de ellos, el electrón no sólo huye y desaparece, sino que al hacerlo infringe todas las leyes conocidas.

En medio de este escenario desalentador, la mecánica cuántica ha surgido como el desesperado intento de la policía por actualizar sus procedimientos para la detección de delincuentes. Este nuevo conjunto de tácticas, creado por un cuidadoso y viejo detective — o un par de ellos, quizás — , tiene como objetivo primordial descubrir dónde diablos se oculta el electrón. La diferencia consiste en que, si el antiguo método trataba de localizar al criminal a partir del lugar en el cual cometió su último saqueo o su última violación, la mecánica cuántica prefiere determinar, estadísticamente, cuáles son las guaridas más probables en que el electrón decidirá esconderse una vez consumadas sus fechorías. Recordemos que se trata de un sujeto con poderes casi mágicos: en teoría, puede estar en varios lugares a la vez y sólo cuando alguien consigue discernir su figura en un callejón oscuro, por un breve instante, es posible percibir su verdadera identidad...

De cualquier modo, no hay que olvidar que el electrón siempre está preparado para ofrecer pistas falsas: nos revela su posición sin decirnos adonde se dirige, o viceversa, con el afán de confundirnos más y más. No sólo es malicioso, sino decididamente genial. A pesar de todos nuestros esfuerzos, apenas somos capaces de comprender sus verdaderas intenciones: nos lleva de un lado a otro sin motivo aparente, nos llena de pistas falsas y, finalmente, apenas tenemos idea de quién se encuentra detrás de sus máscaras. Justo cuando al fin creemos tenerlo a nuestra merced, se desvanece en el aire como si no existiera... Su inteligencia privilegiada pretende demostrarnos que es capaz de cometer el crimen perfecto. Nunca lograrán atraparme, parece querer decirnos mientras se escabulle tras haber cometido otro de sus horrendos crímenes.

¿Cómo atrapar a alguien así? ¿Cómo reconocerlo? ¿Cómo averiguar sus intenciones ocultas? ¿Cómo prever adonde se dirige, dispuesto a burlarnos de nuevo? ¿Cómo detener su movimiento perpetuo? No creo exagerar si digo que, en efecto, otro de los nombres del electrón podría haber sido Klingsor.

En busca de Klingsor, Jorge Volpi. Seix Barral (2002) pag 314-315