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Pasatiempos

(nº 13,   Octubre-2001)

El tiempo y la locura (PS-13)                           

J. L. López Lasala

¿Os he hablado alguna vez de mi tutora, la Srta. Gurripata? Si no la quisiera tanto, no me dolería que entre nosotros se la conociera como “La + Plus”, porque, según va diciendo, es la que más sabe, la que mejor se lo monta, la que más amigos tiene, la que más… Sus compañeros, con una cultura y una sensibilidad que ya iremos adquiriendo nosotros, poco a poco, en la vida, la llaman “La ocarina”, porque es algo “que ya no se toca”.

Realmente, yo no sé si la Srta. Gurripata es mi media naranja, pero aunque sólo fuera mi medio boniato asado, no podría reírme de su aspecto, todavía poco comprendido, como vemos. Dicen que la cara es el espejo del alma. Creo ser objetivo al afirmar que no es el caso de la Srta. Gurripata. No ha sido su cara la que ha terminado por dar adecuada apariencia a su discutible carácter, sino, al revés: fue el alma quien, para no hacer un feo a la cara, y tras unos descomunales esfuerzos que la honran, ha ido adaptándose a ella y adquiriendo su forma. Es difícil ser una persona de bien con una cara de loca o de mala persona. Por eso no le guardo rencor cuando se mete conmigo y me dice que soy un vago y un poeta malo y un masoquista. Sus insultos avivan la hoguera de un corazón que tanto ha tardado en arder…

El otro día me pilló en clase haciendo versos; en realidad, un largo poema épico en el que yo mismo la rescato de un convento de monjas donde antes metían a las locas. Sin embargo, ella me ha puesto en ridículo delante de todos, utilizando esos datos confidenciales que dicen las madres a los profes para ver si nos aprueban. También me ha preguntado la lección, pero yo sólo pensaba en ella, bueno, en las benéficas consecuencias que una simple rinoplastia llegaría a provocar en su esforzada alma. El caso es que acabamos la mañana hablando los dos solos… ¡por instinto!: de “lo más” profesional, según ella; amoroso, según interpretan mis destructivos sentimientos; y maternal, para cualquiera que pudiera contemplar la escena desapasionadamente. Me ha recogido en su seno (sólo tiene uno) y me ha preguntado que por qué no estudio. Yo le he dicho que no tengo tiempo y lo he razonado así:

—Duermo ocho horas diarias que, sumadas, dan 122 días por año. Los sábados y los domingos no hay clases y ya ha demostrado la moderna pedagogía que los fines de semana no se debe estudiar; éstos suman otros 104 días al año. Tenemos 60 días de vacaciones de verano. Necesito tres horas diarias para comer, que suponen más de 45 días anuales. ¡Y necesito al menos dos horas diarias de actividades lúdicas!, que son 30 días más.

         Escribí estas cifras en la pizarra mientras le hablaba. La suma daba 361 días:

Sueño (8 horas diarias) ………………... 122
Sábados y domingos …………………... 104
Vacaciones de verano ……………….
..    60

Comidas (3 horas diarias) …………… ..  45
Recreo (2 horas diarias) ……………..     30
                                                             ----------
TOTAL  ………………………………....   361 días

 —Ya ve –le dije mirándole a los ojos con dulzura–, esto me deja tan sólo cuatro días para hacer mis necesidades. Y ni siquiera he tenido en cuenta las vacaciones de Navidad, ni las de Semana Santa, ni las fiestas, ni esas horas, las más largas, que paso pensando en…

Jamás llegaremos a conocer el fondo de un alma… mutante. No comprendo cómo una mujer tan orgullosa y acomplejada (“La + Plus”) pudo aceptar sin más mis explicaciones. Tampoco puedo entender que su primera sonrisa conocida me la haya dirigido a mí. Sí, esta mañana nos hemos cruzado en el pasillo y…, oh, Dios mío, me ha guiñado un ojo y con un extraño gesto, que yo interpreto como una sonrisa, me ha dicho “¡tío raro!”. Del aula de música, a intervalos, llegaba la rota melodía de un vals muy antiguo, muy cursi, muy triste. Despacito, me dirigí a la biblioteca con la intención de escribir unos versos. Las persianas estaban bajadas y alguien desde fuera pudo ver cómo mi figura desaparecía lentamente en la oscuridad de los libros, del silencio, de la nada.

Entre la insania de la Srta. Gurripata y la normalidad de casi todo el mundo, existe otra anormalidad desde la cual yo, “El burrito non”, contemplo pasar el río de la vida.

Fdo.: El burrito non

¿Podemos creer a nuestro querido alumno cuando asegura que no le queda tiempo para estudiar? Si eres capaz de explicar el error de su razonamiento, escríbenos a esta dirección: ies.victoria.kent@centros5.pntic.mec.es

SOLUCIÓN