El rincón de la Ciencia                       

nº 62,   septiembre de 2012

Gente de Ciencia

ISSN: 1579-1149


Juan Carlos Gómez Crespo

Psicología comparada

Edad: 50

Formación:

Doctor en Psicología.

Campo de trabajo

Psicología comparada de la cognición y la comunicación, es decir, comparar las inteligencia y la comunicación en humanos (especialmente niños)  y primates no humanos.

Centro de trabajo

Departamento de Psicología y Neurociencia de la Universidad de St.Andrews (Reino Unido)

 

¿En qué trabajas actualmente? ¿Dónde trabajas?

Soy psicólogo. Trabajo en la Escuela o Departamento de Psicología y Neurociencia de la Universidad de St.Andrews, la universidad más antigua de Escocia, ubicada en una pintoresca ciudad a 80 km al Norte de Edimburgo, con magníficas playas... que rara vez podemos usar por las inclemencias del tiempo! Somos un departamento relativamente pequeño, pero muy dinámico y con algunas de las figuras clave del área de evolución cognitiva. Mi especialidad es la psicología comparada de la cognición y la comunicación, es decir, comparar las inteligencia y la comunicación en humanos (especialmente niños)  y primates no humanos intentando entender sus orígenes, y en qué se parecen y en qué difieren. También estudio el desarrollo alterado, o simplemente distinto, de estas capacidades en personas con autismo. El objetivo de este enfoque triple (evolución, desarrollo, y alteraciones) es intentar entender mejor la naturaleza de la inteligencia y la comunicación.

¿Por qué elegiste este campo de trabajo?

Estudié psicología en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), allá por la segunda mitad de los años 70. Elegí psicología por la influencia de mi profesor de filosofía de Bachillerato, Don Cayetano, un entusiasta de la psicología, que me despertó el "gusanillo" por los misterios de la conducta y de la mente.

Aunque la psicología que me encontré en la UAM era algo distinta de las borrosas expectativas que llevaba conmigo (muy poco Freud), enseguida me enganché a las promesas y el dinamismo de la llamada " revolución cognitiva", que gracias a algunos profesores heterodoxos y adelantados por fin llegaba a España, aunque fuese con algo de retraso. De entre todos ellos, destaco a Juan Delval, y su círculo de colaboradores (Josechu Linaza y compañía), que no sólo enseñaba una psicología del desarrollo moderna, perfectamente contextualizada en la ciencia cognitiva contemporánea, sino que además enseñaba de una manera distinta, con un mínimo de clases magistrales y haciendo hincapié en seminarios de discusión y la lectura personal, crítica, de las fuentes originales. Me uní a su grupo de “seguidores”, y por una serie de circunstancias, animado e inspirado por Josechu Linaza, acabé estudiando el desarrollo psicológico, no de niños, sino de crías de gorila huérfanas acogidas en el Zoo de Madrid, con Paloma Fernández y Mamen de Pablo.

Teníamos la desmesurada ambición de emular los estudios, entonces muy en candelero, que intentaban enseñar lenguajes artificiales a monos antropoides. Afortunadamente, decidimos que, antes de intentar enseñar nada a los pequeños gorilas huérfanos del Zoo, estudiaríamos su desarrollo espontáneo, especialmente su desarrollo comunicativo en situación de crianza artificial (se trataba de gorilas confiscados en aduanas que tenían que ser criados a biberón por humanos). De ese modo descubrimos que las crías de gorila, por sí mismas, desarrollaban gestos y formas de comunicar a un tiempo parecidas y distintas de las de los bebés humanos antes de empezar a adquirir el habla, y así comenzó mi inmersión en la cognición comparada y la evolución de la comunicación humana.

Fue por entonces cuando entré en contacto con el prematuramente desaparecido Angel Rivière, el mítico profesor de psicología de la UAM, al que no había tenido la fortuna de tener de profesor durante la carrera. Ángel Riviere me introdujo en el mundo del autismo y me puso en contacto con su propio grupo de investigación, especialmente con Encarna Sarriá y María Núñez, comprendiendo la relevancia de lo que nosotros estudiábamos en primates no humanos para el estudio del autismo. Fue él quien también me introdujo en otro tema fundamental de mi carrera: la "Teoría de la mente", la misteriosa capacidad que tenemos para entender y pensar en lo que piensan los demás, y que tantos problemas da a las personas con autismo.

¿En qué trabajas en la actualidad?

En la actualidad sigo trabajando en el problema de cómo surgió la “Teoría de la mente” en la evolución, qué partes de esta capacidad compartimos con otras especies, cuáles son exclusivamente nuestras o hemos afinado de manera especial, y cómo el autismo nos ayuda a responder a estas preguntas y estas preguntas pueden ayudarnos a comprender condiciones como el autismo.

Un ejemplo de problema que investigo es el origen y mecanismos de la capacidad de seguir la mirada de los demás. Esta habilidad tan cotidiana y humana tiene una larga historia evolutiva. Todos los primates parecen poseerla en mayor o menor medida. Recientemente, en St. Andrews, demostramos que también los lemures, que representan algo así como el tipo de primate más primitivo, el más cercano al antepasado que divergió de los demás mamíferos, tienen esta capacidad de seguir la mirada de sus congéneres, una habilidad clave para cualquier animal social.

Seguir la mirada puede parecer una capacidad muy elemental y sencilla, y sin embargo, a las personas con autismo, incluso aquellas de alto nivel de inteligencia, que dan muestra de poseer algunos conceptos "mentalistas" y pueden resolver muchas tareas de laboratorio que evalúan “Teoría de la mente”, les resulta especialmente difícil hacer algo tan sencillo como seguir espontáneamente la mirada de otra persona y compartir con ella su foco de interés, a pesar de que si se les pide explícitamente, sí que pueden hacerlo y demuestran poseer el mecanismo de seguimiento de la mirada. En cambio, a los primates no humanos, aunque seguir la mirada espontáneamente les resulta natural, no siempre lo hacen para funciones comunicativas, como comprender cuándo alguien les está intentado informar de dónde hay comida escondida, como si les costase comprender que la mirada puede usarse para comunicarse deliberadamente.

Este ejemplo del seguimiento de la mirada se enmarca en un interés más general, de carácter interdisciplinario: hacer una historia natural del fenómeno que los filósofos llaman "intencionalidad". En filosofía, la intencionalidad es la propiedad fundamental y definitoria de los fenómenos mentales comparados con los fenómenos físicos. Cualquier fenómeno mental tiene intencionalidad, es decir, se refiere a o versa sobre otra cosa. Siempre recordamos algo, pensamos algo o queremos algo. Desear, pensar, recordar nunca ocurren por sí mismos, sino en relación a otras cosas, aunque paradójicamente esas cosas que son los contenidos de los fenómenos mentales pueden no existir en realidad, como cuando pensamos que queda una cerveza en la nevera y vamos a buscarla, cuando en realidad las cervezas se han terminado. Nuestro deseo de beber la cerveza de la nevera existía y nos hizo ir al frigorífico, pero esa cerveza no existía en la realidad, sólo en nuestra mente, a pesar de lo cual determinó nuestra conducta.

A mí me interesa cómo surgió la intencionalidad en la evolución, pero más aún cómo la intencionalidad se convirtió en un nicho adaptativo que generó adaptaciones especiales en los animales. Por ejemplo, como dije anteriormente, seguir la mirada, ser capaz de determinar cuál es el foco de atención, el contenido mental inmediato, de un congénere. Estos son los orígenes evolutivos, los cimientos de nuestra cognición social y nuestras "Teorías de la mente".

¿Echas de menos España? ¿Te planteas volver?

En lo cultural y personal echo de menos España. En verano y Navidad, mi familia y yo hacemos estancias largas con nuestras familias, lo cual permite a nuestros hijos mantener el contacto con sus primos y crecer bilingües y "biculturales", si así puede decirse. En lo profesional, no tengo dudas, no hay color, y me temo que los avances que se estaban haciendo en la ciencia española se pierdan por la crisis, pero sobre todo por la miopía e ignorancia de los gestores de la crisis. Lo que me atrajo de St. Andrews fue la cultura anglosajona de investigación y docencia, tan distinta de la que yo conocí en España, la sensación de viajar en un mismo barco científico, con disputas y ambiciones personales controladas por el interés general. Profesionalmente, por tanto, no me planteo la vuelta, pero sí mantener, incluso aumentar, mi contacto con universidades y centros de investigación españoles que por fortuna nunca he perdido del todo.

Juan Carlos Gómez ha publicado: El desarrollo de la mente en los simios, los monos y los niños. Ediciones Morata (2007)

 


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