El rincón de la Ciencia I.S.S.N.: 1579-1149

nº 37 (septiembre-2006)

La actuacíon circunstancial de la fauna en los conflictos armados (RC-94)


Fabio Cupul (Universidad de Guadalajara. Puerto Vallarta, México)


En las guerras o en las invasiones colonialistas, las legiones ultramarinas no sólo combaten en contra de su propia ignorancia sobre el terreno que pisan; de la hostilidad, de la táctica, del armamento y de la fortaleza moral del enemigo; de las inclemencias meteorológicas; de la vegetación o de la agreste orografía del campo de batalla; sino también en oposición a la fauna nativa que, por instinto, repele o responde a la violación de su espacio natural o hace uso del recurso humano combatiente como alimento u hospedero. En ocasiones esta coincidencia entre el hombre y el animal en el escenario de una conflagración, resulta fatal para el primero o suele dejarle una profunda huella psicológica a partir de la cual construirá un mito sobre las capacidades defensivas o agresivas de la especie en cuestión.

Los colonizadores ibéricos y los mosquitos

Los animales, por su gusto, no toman parte dentro de los conflictos humanos. Su actuación en ellos es circunstancial y de ésta dan fe diversos relatos a lo largo de la historia de la humanidad. Del siglo XVIII, se retoma la crónica del misionero jesuita Miguel del Barco (1706-1790) plasmada en su Historia Natural y Crónica de la Antigua California, donde resalta la molestia presencia, durante las campañas de colonización y evangelización de estos territorios novohispanos, de culebras de varias especies, salamanquesas, escorpiones, alacranes, arañas, ciempiés, grillos, hormigas, lagartos, lagartijas, camaleones, moscas, mosquitos y hasta tarántulas. Especial atención dedica a las serpientes de cascabel, cuya mordedura tóxica era tratada a partir de un protocolo que consistía en ligar a la víctima en la cercanía de la zona afectada, darle de beber triaca (fórmula antiveneno del mundo clásico a base de opio) y colocar un colmillo de caimán en la herida. Al no existir caimanes o cocodrilos en la California, los colmillos se obtenían de la región del río Fuerte o Ahome, en las costas del Pacífico de la Nueva España, donde el cocodrilo americano (Crocodylus acutus) abundaba.

Los españoles padecieron del embate de los mosquitos hasta los últimos días de su período colonial en América. Esto se constata al leer un fragmento de la historia de la independencia cubana (1895-1898) relatada por el Dr. Izquierdo Canosa, quien destaca que el ejército español, a pesar de superar 10 a 1 al cubano y estar mejor equipado, no fue capaz de liquidar la insurrección y someter a su voluntad a los cubanos, porque los rigores del clima tropical y las enfermedades (fiebre amarilla y malaria trasmitida a través de la picadura del mosquito), golpearon sensiblemente y diezmaron sus nutridas filas, causándoles no menos de 40,000 muertos. La guerra de Cuba fue desangrando poco a poco a España. Las bajas de su ejército regular aumentaban por año y las consecuencias que para sus jóvenes reclutas conllevaban los rigores de un clima tropical, extremadamente caluroso y húmedo, al cual no estaban adaptados, diezmaba día a día sus filas provocando continuas epidemias y enfermedades que convirtieron la pequeña isla en almacén de enfermos y cementerio para unos cuantos miles de soldados.

Mosquitos en el frente de combate

Durante la Segunda Guerra Mundial, existieron diversas situaciones que mermaron la salud de las tropas y en las que un organismo en particular se encontraba directamente involucrado: el mosquito. En el caso del dengue, al igual que la fiebre amarilla, se trata de una enfermedad viral tropical endémica transmitida principalmente por la picadura de Aedes aegypti. Su efecto (fiebre, dolor de cabeza y ocular, hemorragias y hasta shock) produjo estragos entre la milicia japonesa, inglesa y norteamericana, en especial en las selvas tropicales del Pacífico Sur. La mortalidad fue muy elevada por esta causa y, cuando no producía la muerte, afectaba las operaciones militares. En cuanto a la malaria o paludismo, que se contrae por la transmisión de protozoarios parásitos (Plasmodium) por la picadura de mosquitos del género Anopheles, ésta se encontraba presente en la mayoría de los frentes, especialmente Rusia, África y el Pacífico, y se caracterizaba por ataques de fiebre y anemia o por obstrucción de los vasos sanguíneos cerebrales que provocaban la muerte.

Garrapatas y ciempiés en las trincheras

Las garrapatas, los piojos y las pulgas, vectores del tifus (fiebre alta y estado de inconciencia), también azotaron a las fuerzas armadas y a los civiles de los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Se utilizaba comúnmente DDT (dicloro-difenil-tricloroetano) para controlar las epidemias. Mención especial merece la "enfermedad de tsutsugamushi" (el tifus de los bosques, tifus de las malezas, fiebre fluvial del Japón), la cual es una enfermedad infecciosa aguda ocasionada por la bacteria Rickettsia tsutsugamushi y transmitida mediante la mordedura de larvas de ciertas garrapatas. Esta enfermedad, que afectó a ejércitos aliados y japoneses, se conocía desde hace cientos de años, en el norte de las islas Honshu de Japón, como una enfermedad endémica grave.

El Pacifico Sur también fue escenario de altercados entre los soldados estadounidenses y los ciempiés, en particular de Scolopendra subspinipes que gustaba de merodear libremente por las instalaciones militares, cayendo dentro de las trincheras, las letrinas y las tiendas de campaña, donde se arrastraban por entre las sábanas de las camas. Muchos soldados fueron mordidos, experimentando un instantáneo dolor quemante. Los médicos de aquellos tiempos tuvieron la brillante idea de aplicar, cerca de la mordedura, un anestésico local dental para aliviar rápidamente el malestar. Aunque la mordedura de un ciempiés no es fatal, la propinada por un ejemplar de grandes dimensiones es muy dolorosa e incómoda.

De cocodrilos en el manglar y tiburones en la mar

Dos incidentes particularmente estremecedores, dentro de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, son aquellos en los que se involucraron cocodrilos, tiburones y hombres. El primero ocurrió en la campaña británica de recuperación de los territorios de Birmania, la actual Myanmar, donde un contingente en retirada de aproximadamente mil soldados japoneses que ingresaron a una zona pantanosa de manglar en busca de los navíos que los evacuarían, fueron abatidos y masacrados por un gran grupo de cocodrilos de agua salada australianos (Crocodylus porosus). Después de una noche de terror, la gran mayoría de los japoneses fueron muertos por los cocodrilos y, la minoría, por los disparos de las fuerzas aliadas o ahogados. Sólo 20 soldados lograron sobrevivir al ataque de los reptiles.

El segundo evento se ubica al final del conflicto bélico, el 30 de julio de 1945, cuando el USS Indianápolis fue torpedeado en el Mar de Filipinas por un submarino japonés. El mando del buque no comunicó por radio su hundimiento, que sobrevino en 12 minutos, dado el alto secreto de su misión: regresaban de entregar uranio-235, la bomba atómica. De los 1,196 hombres a bordo, cerca de 300 se hundieron con el crucero y, los restantes 900, permanecieron a flote en un mar infestado de tiburones tigre (Galeocerdo cuvier). Los ataques de los escualos iniciaron al amanecer del primer día del naufragio y continuaron hasta que los hombres fueron rescatados, casi cinco días después. Sólo 317 soldados sobrevivieron a las condiciones oceánicas extremas, a las lesiones provocadas por los torpedos, a la deshidratación, a la falta de alimentos, a la hipotermia y, por supuesto, al ataque de los tiburones. Se cree que alrededor de 400 hombres murieron entre sus mandíbulas.

Aguas traicioneras

Aunque no dentro del conflicto armado, pero sí en actividades paralelas a él, ocurrió la muerte de cientos de soldados y otros tantos heridos, durante los ejercicios militares realizados en las playas del norte de Australia en el verano austral de 1943-1944. Las bajas no se dieron a manos del enemigo, sino que los hombres que habían ingresado a las aguas para la práctica, salían retorciéndose de ella y tenían manchas púrpura en la piel. Los que no alcanzaban la orilla de la playa, caían inconscientes y se ahogaban en el mar. No fue sino hasta 1955 cuando se descubrió que la causante de las muertes fue la cubomedusa o avispa de mar Chironex fleckeri, abundante en la región. En sus largos tentáculos de casi tres metros, posee una especie de diminutas agujas hipodérmicas (cnidocistos) que le sirven para cazar y se disparan por contacto o estímulo químico, liberando una carga de veneno cardiotóxico y neurotóxico que provoca fuertes dolores, paro cardiorrespiratorio y la muerte.

La anterior descripción de la muerte en el mar, me trae a la mente secuencias de la película "Rescatando al soldado Ryan", en la cual se observan cuerpos sin vida de soldados y "peces" sobre las playas de Normandía durante la operación "Overlord" o día "D" en la Segunda Guerra Mundial. Aunque la imagen de peces muertos en la batalla resulta extraña, estas visiones del celuloide son reforzadas por testimonios de veteranos de guerra, lo que indica que la naturaleza es también una víctima más de los conflictos armados. Los peces durante el día "D" murieron, mayoritariamente, por causa de los bombardeos de la naval aliada y de la artillería alemana que dieron blanco en el océano.

"Dos pasos"

La guerra de Vietnam fue un verdadero dolor de cabeza para las fuerzas armadas norteamericanas, no sólo por el descontento que generó al interior de la sociedad estadounidense de aquellos años, sino también por desarrollarse dentro de una sofocante selva tropical que impedía a los soldados ver más allá de sus propias narices. Las condiciones adversas de esta jungla esmeralda de clima inclemente, favorecieron el surgimiento de varios mitos sobre el comportamiento de la fauna silvestre, en especial de las serpientes. Muy difundida entre los soldados se encontraba la historia de la serpiente "Dos pasos", relato que tenía como propósito fundamental el mantenerlos alerta en el campo de batalla y no perder detalle de lo que sucede a su alrededor.

La razón por la cual la historia era atemorizante, es porque se decía que al ser mordido por esta serpiente, sólo se tenía la oportunidad de dar "dos pasos" antes de caer muerto. El veterano Ray Sarlin narra en sus memorias que, a la Armada no le interesaba explicar a los soldados, cuáles serpientes eran `buenas´ y cuáles `malas´, posiblemente porque pensaba que la información se vertía en saco roto, o porque se estropeaba la mejor broma practicada por un instructor a los recién llegados al conflicto, y que versaba más o menos así: "En Vietnam existen 100 especies de serpientes: 99 son venenosas y pueden matarlos con una mordida; la restante, no es venenosa, mas puede apretarlos hasta matarlos".

Aunque la anterior cifra de serpientes venenosas en Vietnam es falsa, ya que de las aproximadamente 140 especies, sólo cerca de 30 son venenosas, sí se escribieron crónicas de muertes provocadas por los ofidios. Entre éstas se rescata la de un soldado recién llegado que, irremediablemente, falleció el mismo día en que fue mordido por una serpiente marina (alrededor de 50 especies marinas se encuentran en las aguas que circundan al país) cuando éste nadaba en las aguas sureñas del Mar de la China. Entre las serpientes venenosas más comunes que acechaban en el suelo o en los árboles, se mencionan a las cobras (género Naja) y a las "pit vipers" o mocasines (géneros Callaselasma y Trimeresurus). A pesar del imponente semblante de las serpientes, la mayor cifra de muertes no atribuidas a la violencia en la guerra en Vietnam, fue infligida por los diminutos mosquitos portadores del protozoario de la malaria.

Desde el inicio de los tiempos, las serpientes siempre han causado repulsión en la mayoría de los seres humanos, posiblemente por aquel primer encuentro desafortunado en el bíblico Jardín del Edén, o porque a todas las consideramos venenosas, sin saber que de las 3,000 especies existentes en el mundo, sólo cerca de 400 son venenosas (13%). La aversión innata a los oficios, fue utilizada de manera brillante por el gran general cartaginés Aníbal (247-183 antes de Cristo), considerado como el padre de la guerra biológica; ya que permitió al rey Prusias de Bitinia obtener una gran victoria naval sobre el rey Eumeces de Pérgamo, sugiriéndole que los bitinianos lanzaran a las cubiertas de los barcos enemigos cántaros llenos de serpientes venenosas.

Golfo Pérsico

Los acontecimientos bélicos como el de Irak, lamentablemente continúan en proceso hasta el momento que estas líneas son publicadas. La árida región de la antigua Mesopotamia, que ya nadie recuerda como cuna de la actual civilización occidental, ha sido el escenario de combate de las fuerzas intervencionistas norteamericanas y sus aliados, llamadas de liberación, en contra de tácticas guerrilleras y, en ocasiones, de la fauna nativa.

Más allá de pensar que un escorpión o una serpiente sea el responsable de provocar lesiones en los soldados que pelean en esta región desértica del Medio Oriente, resultará imposible creer que un insecto tan pequeño como el jején o flebotomo, de apenas 3 milímetros de longitud y que no produce el característico zumbido desquiciante del mosquito, sea el causante de padecimientos tan graves de salud pública como la fiebre de la mosca de las arenas y la leishmaniasis. La primera es producida por virus y la segunda por protozoarios. En ambas, la transmisión se produce cuando, para alimentarse, la hembra del jején o mosca de las arenas de la especie Phlebotomus papatasi, pica a un animal o persona contaminada con el virus (así se infecta ella) y posteriormente a un animal o persona sana. La fiebre de la mosca de la arena no es nueva dentro de las conflagraciones, en la Segunda Guerra Mundial, al menos afectó a unos 19,000 efectivos norteamericanos.

Los síntomas de la fiebre de la mosca de las arenas o fiebre Pappataci son, en general, fiebre alta, dolores de cabeza y musculares, nausea, así como debilidad, mareos y depresión durante la etapa de convalecencia. De la leishmaniasis existen distintas formas de la enfermedad, donde la leishmaniasis cutánea es la variante más frecuente. Sus síntomas son úlceras en el cutis, brazos y piernas, que pueden dejar cicatrices permanentes. La leishmaniasis visceral es la forma más grave y mortal, si el paciente no recibe el tratamiento adecuado. Ambas infecciones se han detectado en soldados durante el conflicto del Golfo; sin embargo, investigaciones a largo plazo, no las consideran problemáticas para las tropas destacadas en la zona de combate, dado los grandes esfuerzos realizados en el área de la medicina preventiva militar.

Por otro lado, interesante resultó el mito difundido a través de la Internet en el 2004, sobre la presencia de unas "temibles" arañas en las bolsas de dormir de los soldados, las cuales les inyectaban un anestésico local, la novocaína, para succionarles sus fluidos y alimentarse de su carne. El hecho fantástico descrito en el mensaje electrónico, fue reforzado con una fotografía que mostraba, sobredimensionados, a un par de estos animales de extraña y desconocida apariencia para la mayoría de los cibernautas. Sin embargo, para el ojo experto, la farsa se descubrió inmediatamente al identificarlos, no como arañas, sino como arácnidos pertenecientes al grupo de los solífugos (es decir, los que huyen del sol porque prefieren vivir en lugares oscuros).

Al respecto, la Dra. Anita Hoffman menciona que en las regiones calientes de México reciben el nombre común de matavenados, lo que es completamente injustificado, pues no se trata ni de animales venenosos ni de animales con suficiente tamaño y fuerza como para poder causar una herida mortal en mamíferos. Se trata de una de las muchas leyendas fantásticas que se han creado alrededor de los arácnidos. La generalidad de las personas está igualmente convencida que se trata de animales cuyo veneno es mortal o de consecuencias muy graves para el hombre. El principal promotor de esta creencia han sido el antiguo folclor del Medio Oriente, que narra verdaderas atrocidades causadas por estos animales al invadir las tiendas de campaña durante la noche, mientras sus inquilinos dormían, atacándolos con sus mordeduras y venenos y produciéndoles graves lesiones e incluso la muerte. Esto no es real, pues los solífugos carecen de glándulas de veneno.

Mas no todas las relaciones entre el hombre y la fauna silvestre en la zona de las hostilidades son beligerantes. También, como lo cita el periodista Wayne Hall en su nota sobre la "extraordinaria abundancia de fauna en Irak"; su contemplación naturalista puede proporcionar un "poco de paz" para algunos soldados, que de hecho, llegan a disfrutar de la contemplación de flamencos, garzas y aves en general, mamíferos, serpientes venenosas y boas areneras, así como de los mencionados solífugos. Finalmente, siempre será mejor estar detrás de la mira que enfoca la belleza natural, que de aquella que rampante se apresta a extinguir la vida humana.