El rincón de la Ciencia I.S.S.N.: 1579-1149

nº 41 (junio-2007)

La Química a la palestra. Una aproximación a los orígenes de la ciencia química en España (RC-101)


Bernardo Rivero Taravillo (IES Alpesa; Villaverde del Río, Sevilla)


 

4. EL ATRASO CIENTÍFICO EN ESPAÑA A COMIENZOS DEL SIGLO XVIII.

Todo este novedoso ambiente químico y médico tenía por escenario a Europa (donde se está produciendo una auténtica efervescencia intelectual). Pero, ¿cuál era la situación en nuestro país a comienzos del siglo XVIII? ¿Se estaban incorporando los estudiosos españoles a las nuevas tendencias científicas?

El mundo académico hispano se encuentra por entonces anclado en el pasado, de manera que en la enseñanza de las disciplinas científicas imperan los saberes clásicos, siendo los profesores refractarios a toda corriente novedosa de pensamiento. Así, por ejemplo, la clase médica española del siglo XVII y comienzos del XVIII fundamenta todo su saber en las teorías de los clásicos (Hipócrates, Galeno y Avicena), negando toda validez a la cada vez más pujante iatroquímica europea. No obstante, los grandes esfuerzos renovadores del llamado movimiento novator de finales del XVII terminarían, en un camino repleto de dificultades y controversias, dando sus frutos con el apoyo de la nueva mentalidad ilustrada iniciada con el reinado de Felipe V, alcanzándose el momento culminante con Carlos III (cuando la actividad científica y técnica española, estimulada y promovida desde ciertas minorías dirigentes que trataban de superar el aislamiento del resto de Europa, logra un nivel, al menos, digno).

El erudito monje benedictino Benito Jerónimo Feijoo (1676 – 1764), de agudo espíritu crítico, en sus Cartas (tomo II), de 1745, explica con gran lucidez las causas del atraso que padece España en las ciencias naturales:

“La primera [causa del atraso] es el corto alcance de algunos de nuestros profesores. Hay una especie de ignorantes perdurables, precisados a saber siempre poco, no por otra razón, sino porque piensan que no hay más que saber que aquello poco que saben. […] Basta nombrar la nueva filosofía, para conmover a éstos el estómago. Apenas pueden oír sin mofa y carcajada el nombre de Descartes. […]

La segunda causa es la preocupación que reina en España contra toda novedad. Dicen muchos que basta en las doctrinas el título de nuevas para reprobarlas, porque las novedades en punto de doctrina son sospechosas. […]

La tercera causa es el errado concepto de que cuanto nos presentan los nuevos filósofos se reduce a unas curiosidades inútiles. […]

La cuarta causa es la diminuta o falsa noción que tienen acá muchos de la filosofía moderna, junta con la bien o mal fundada preocupación contra Descartes. Ignoran casi enteramente lo que es la nueva filosofía, y cuanto se comprende debajo de este nombre, juzgan que es parto de Descartes. Como tengan, pues, formada una siniestra idea de este filósofo, derraman este mal concepto sobre toda la física moderna. […]

La quinta causa es un celo, pío sí, pero indiscreto y mal fundado; un vano temor de que las doctrinas nuevas en materia de filosofía traigan algún perjuicio a la religión. Los que están dominados de este religioso miedo, por dos caminos recelan que suceda el daño: o ya porque en las doctrinas filosóficas extranjeras vengan envueltas algunas máximas que, o por sí, o por sus consecuencias, se opongan a lo que nos enseña la fe; o ya porque haciéndose los españoles a la libertad, con que discurren los extranjeros (los franceses, verbigracia) en las cosas naturales, pueden ir soltando la rienda para razonar con la misma en las sobrenaturales. […]

La sexta y última causa es la emulación (acaso se le podría dar peor nombre), ya personal, ya nacional, ya faccionaria. Si vuestra merced examinase los corazones de algunos, y no pocos, de los que declaman contra la nueva filosofía, o generalmente, por decirlo mejor, contra toda literatura distinta de aquella común que ellos estudiaron en el aula, hallaría en ellos unos efectos bien distintos de aquellos que suenan en sus labios. Óyeseles reprobarla, o ya como inútil, o ya como peligrosa. No es esto lo que pasa allá dentro. No la desprecian o aborrecen; la envidian […]

Esta emulación en algunos pocos es puramente nacional. Aún no está España convalecida en todos sus miembros de su ojeriza contra la Francia. Aún hay en algunos  reliquias bien sensibles de esta antigua dolencia. Quisieran éstos que los Pirineos llegasen al cielo, y el mar que baña las costas de Francia estuviese sembrado de escollos, porque nada pudiese pasar de aquella nación a la nuestra.”

Palabras éstas de Feijoo suficientemente aclaratorias. La opinión de Gregorio Marañón está en perfecta sintonía con la del erudito benedictino, de quien dice en la conferencia dada en la Real Academia de Medicina en diciembre de 1934 que “tomó sobre sí la empresa ciclópea de arrancar de la mente de los españoles la infinita cantidad de supersticiones, errores y fantasías que la ahogaban”. Marañón denuncia que “hacia el comienzo del siglo [XVIII] la Península era todavía un inmenso país de mendigos, de nobles fanfarrones y de seudosabios discutidores y dogmáticos”.

 

1. Introducción

2. Los nuevos tratados de Química europeos del siglo XVII

3. Van Helmont y Boyle, un gran impulso para la Química

4. El atraso científico en España en el siglo XVIII

5. El caso particular de la Química Hispana

6. El esencial papel desempeñado por la Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla para el progreso científico en España

7. Las ideas innovadoras del iatroquímico Félix Palacios

8. Conclusiones

9. Bibliografía