El rincón de la Ciencia                       

nº 66,   febrero de 2014

Ciencia y Arte

ISSN:1579-1149

Akira Kurosawa: ciencia, humanismo y cine en los años cincuenta

Ricardo Colmenero (Universidad de Alcalá de Henares)


En los años cincuenta llegó a occidente, y en muy pequeña escala a España, la oleada de cine japonés a los circuitos de arte y ensayo. No es casualidad, los autores promovieron de forma global un séptimo arte basado en los valores humanos y acorde a los tiempos que estaban viviendo, los de la posguerra y la reconstrucción.

De todos los directores nipones, entre los que podemos destacar Yasujiro Ozu o Kenji Mizoguchi, destacó la figura de Akira Kurosawa entre los críticos de índole católico (André Bazin en los orígenes del Cahiers du cinema francés o las revistas Film Ideal o la Revista Internacional de cine en España) o desde posiciones laicas como el magazín Objetivo. Lo cierto es que su éxito radica en que sus películas hablan del hombre, más allá  de su entorno y de su tiempo. Así a diferencia de Ozu, que quizás aunó más esfuerzos en plasmar un retrato del Japón posterior a la ocupación estadounidense, Kurosawa se preocupó de situar al ser humano en clave universal y atemporal. Es aquí donde entra la ciencia, no tanto en un plano tecnológico como en su vertiente destinada a la naturaleza viva. Por consiguiente, Akira Kurosawa retrató la medicina o la ecología de un modo innovador, aportando una mirada viva e igualmente valiosa a su faceta como director de grandes historias bélicas entre clanes japoneses de siglos pretéritos.

Directamente se pueden destacar seis películas con temas propiamente vinculados con el  mundo científico:

·         Medicina desde el punto de vista del médico: El ángel ebrio, Duelo silencioso  y Barbarroja.

·         Medicina desde el punto de vista de la enfermedad: Vivir y Dodesukaden.

·         Ecología: Dersu Uzala (El cazador).

Al margen de estas cintas, podría considerarse Sueños como un experimento fílmico en torno a las manifestaciones mentales dadas durante el descanso, aunque su contenido es realmente ajeno a cualquier pretensión científica.

El ángel ebrio

La película El ángel ebrio destaca por coquetear con múltiples géneros de éxito en la época, tanto aquí como en Japón. Es por ello que se constituyó como uno de los primeros títulos destacables en la filmografía del director nipón. La combinación del drama, el cine negro y pequeños elementos tragicómicos se realiza de forma magistral en la primera historia de Kurosawa que abarca la vocación médica y la relación con el paciente.

 El doctor Sanada es un médico de los suburbios de Tokio que ama su profesión y la ejerce de forma desinteresada. Una noche llega a su consulta Matsunaga, un jefe de la mafia que afirma haberse clavado con el clavo de una puerta. La realidad es bien distinta, pues el médico extrae una bala producto de una pelea entre mafiosos y descubrirá posteriormente un episodio de tuberculosis, siendo este el punto de partida de una relación complicada. Esto incluye una guerra entre Matsunaga, que abandona el tratamiento y vuelve a los viejos hábitos nocivos, y Okada, el antiguo líder de la banda.

Así Kurosawa presenta al doctor como un personaje imperfecto, con un grave problema de alcoholismo, pero con rasgos muy humanos. Se preocupa por sus paciente y entiende la vida humana como un proceso cíclico, tal y como demuestra la escena final al enterarse que un joven se ha curado de tuberculosis.

 

Duelo silencioso

Un año después de El ángel ebrio, en 1949, Kurosawa realizó otra película sobre doctores en un ambiente marginal: Duelo silencioso. Sin embargo, en esta ocasión la lucha moral y ante la enfermedad residirá en el propio médico, un joven japonés que trabaja en la clínica de su padre.

El drama llega ante el contagio por sífilis durante una operación, en la que la sangre contaminada de su paciente penetra en su cuerpo. Este episodio condicionará su vida hasta tal punto que renunciará a su prometida, resaltando así el director los problemas y la exclusión social que sufren las personas con males contagiosos. El doctor no confesará su enfermedad, y la mantendrá en secreto evitando el contacto y el escándalo público.

 

Barbarroja

Pasarían 16 años para volver a realizar una película con médicos como protagonista, un tiempo en el que Kurosawa había evolucionado como director, contando además con el reconocimiento internacional de la crítica y público. El director se había convertido en el más famoso realizador asiático, el primero en adaptar Macbeth en Oriente con Trono de sangre, y experto en llevar las guerras entre clanes o samuráis a la pantalla.

 Barbarroja fue, según palabras del autor, la película que marcaba el final de una era. Así, la prolífica labor de Akira Kurosawa daría paso a largos y cuidadosos rodajes. Sólo realizaría siete películas más, usando unos métodos distintos a los de las producciones pasadas, sobre todo en lo que a presupuesto se refiere.

 Barbarroja vuelve, como últimamente había sido habitual en el cine de Kurosawa, al pasado. Concretamente al siglo XIX, en el que se inscribe la historia de un joven médico (Yasumoto) que trabaja duro en la escuela de medicina para llegar a ser miembro del equipo sanitario del Shogun. Antes de poder optar a su sueño tendrá que realizar las prácticas en una clínica rural para pobres, donde conocerá al viejo Barbarroja, disciplinado y estricto. Ambos entablaran una amistad y el joven Yasumoto empezará a entender la medicina como una vocación de servicio y no como una forma ambiciosa de llegar lejos en la vida.

Con Barbarroja, Kurosawa vuelve a impregnar de humanismo y de imperfección el a veces mitificado perfil del doctor. Como hombre, los médicos de Kurosawa tendrán sus virtudes y defectos, no serán héroes ni hombres de poder, tan sólo personas que dedican su vida a salvar la de los demás.

Igualmente imperfectos serán los pacientes, aquellos que aparecen de forma secundaria en estas películas, como aquellos que protagonizarán largometrajes propios y que se analizarán a continuación.

   

Ikiru (Vivir)

 

En 1952 Akira Kurosawa realizó su película Vivir, sobre los últimos meses de vida de un enfermo de cáncer de estómago. El protagonista es un funcionario de la administración de mediana edad que ha pasado los últimos treinta años inmerso en un trabajo que no le reportaba nada y abandonando las cosas importantes de la vida. Una vez que va al médico, quien le disfraza la enfermedad, sabe que va a morir. Es por ello que decide aprovechar lo que le queda de vida para hacer algo importante y que quede en la memoria.

Sin esperanza para recuperar a su hijo, con quien mantiene una relación fría desde hace años, y sin alcanzar la felicidad con los vicios mundanos, decide que va a ayudar con todas sus fuerzas a que construyan un parque en un área deprimida de la ciudad. Lo conseguirá con la ayuda del vecindario, constituyéndose su legado póstumo.

El aspecto que más puede interesarnos desde el ámbito científico-sanitario sería tanto la relación médico-paciente como la respuesta del último ante la inminente muerte. Concretamente hay una escena relevante para esta cuestión, cuando va a la consulta del médico.

En esta secuencia el protagonista escucha del médico una serie de excusas que había oído en la sala de espera de otro paciente. De este modo, se reflexiona hasta que cierto punto tiene derecho el paciente a saber la verdad desde un primer momento o recibir una mentira piadosa que pueda hacerle más llevaderos sus últimos días.  

No obstante, Ikiru es una película vitalista y crítica con la sociedad japonesa contemporánea. En la escena del funeral se ve como sus compañeros viven en un mundo automatizado y orientado al famoso vivir para trabajar. En 1968 el psicólogo americano Wayne Oates definió este estilo de vida como una adicción llamada workaholic. Kurosawa en este film definió esta realidad no tanto desde una mirada científica, sino más bien desde una nostálgica visión de la pérdida de valores y los vínculos afectivos humanos

 

Dodesukaden.[1]

 

 

A pesar de que fue uno de los mayores fracasos comerciales de Kurosawa en su filmografía, Dodesukaden construye con gran sensibilidad y humanismo el mundo de un niño con discapacidad psíquica, un personaje sobre el que pivotan el resto de protagonistas de la película. Hecha en 1970 y siendo el primer largometraje en color del director japonés, el título viene a colación con la mayor ilusión del protagonista, llegar a ser conductor de un tranvía.

 

Dersu Uzala (el cazador)

 

Esta coproducción soviético-japonesa de 1975 es un auténtico canto a la vida en el mundo natural y la devastación de las minorías étnicas por parte del avance de la civilización. Es una de las películas con mayor popularidad de Kurosawa en occidente, seguramente por el sorprendente encuentro entre culturas que se produce en la película.

Dersu Uzala está basada en la novela del mismo nombre escrita por Vladímir Arséniev en 1923. En ella narra sus aventuras junto a Dersu Uzala, un viejo cazador de etnia hezhen que les acompañará en una de sus múltiples expediciones en la taiga siberiana. Está ambientada en 1902 y describe la relación simbiótica y amistosa entre los hombres de ambas culturas, previo choque de costumbres. Con una población mundial de aproximadamente 18000 personas, distribuidas entre el oeste ruso y el noroeste chino, los hezhen destacan por una economía basada en la caza y en la pesca, en armonía con el medio ambiente y de religión chamánica (basada en el culto a los espíritus naturales).

A día de hoy están en punto de desaparecer, en primer lugar por el exterminio en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente en la conflictiva zona del Manchukuo, un lugar que querían anexionar a sus territorios tanto chinos como los ya establecidos japoneses. Otra causa ha sido el progresivo avance del hombre y la tala masiva antes y después de la desaparición de la URSS.

Dersu Uzala ofrece también un panorama extenso de la taiga, con sus frondosos bosques de coníferas, ríos bravos y llanos inhóspitos. Una película que bebe de los clásicos documentales al estilo Flaherty (Nanook el esquimal) y que dio ignición a películas basadas en el respeto a la naturaleza (El oso) o  al encuentro intercultural. Cabe destacar que Dersu Uzala  es la primera cinta en la que el otro es el protagonista de una historia ante el hombre occidental



[1] Este título no tiene traducción alguna porque es una onomatopeya que reproduce el ruido de las viejas locomotoras.

 


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